La Mancha

Ay, querida… ¿qué vas a hacer contigo? Hemos tenido una pésima noche, ¿no es así? Después de un día tan hostil. Hostil como el planeta, sin los árboles. Todos tus días te saben a lo mismo, ese sabor dulzón pero no dulce, opaco, terroso, a plátano inmaduro, a turrón viejo, a ceniza. Por fin entiendes que no eres tan especial como creías. Ayer te sucedió lo que todos los días: nada. Dios con esos treinta minutos previos a la hora de salida del trabajo, tu momento del día, la cima de la montaña, la tuya, tan plana, tan navegable, en donde elaboras una torre de proyectos, nivel por nivel, zanja por zanja, y llegas a unas alturas que Dios mío, qué cosas, pero nada más cruzas el umbral de la puerta de salida, se derrumba, como castillo de naipes, sin los naipes. Buscas entre los escombros para reconstruir algo que no sabes qué fue, mientras vas al aparcamiento y nada, querida, no hay nada. Sólo está tu coche, el mismo de siempre, del mismo color, pero sin color, con los mismos olores, a ti, con el mismo golpecillo que meses atrás, alguien con más suerte que tú, le dio. Sentiste rabia, de la rabia que en realidad es risa, pero invisible, incolora e insabora, casi como el agua pero sin ser líquida, como el aire. Llegaste a la que es tu casa, sin ser tu casa, porque tu casa no existe, sólo en tus sueños, pero como ésos han ido desvaneciéndose con los años, no tienes tu casa, sólo la que habitas, en la que te sientas a esperar a que pase el tiempo, tu peor enemigo. Que mal te viene ir ahí, a tu casi casa, cuando es tu única opción, cuando no hay a otro lugar a dónde ir.

Qué mal te sientes hoy. Hubiera sido mejor no despertar. Estás enfadada y el enfado te sabe mal, no te gusta. Te duele el cuello, dormiste en una posición incómoda. Como siempre, muy tensa, no entiendes ni entenderás. Tienes es un muy mal sabor de boca. Ayer te fue fatal, no quisieras repetirlo. ¿Por qué la gente es tan cruel? ¿Porqué las cosas siempre tienen el mismo final? Como en las películas, pero sin los actores y sin las ciudades. Sólo el final, el mismo de siempre, el maldito final, sin los créditos ni la música, donde silenciosamente apagas la luz, la de tu habitación primero y la de tu cerebro después. No lo entiendes. Tampoco entiendes porqué siempre caes en la trampa, no sabes decir que no. Nunca te enseñaron, creíste que alguien como tú no tiene derecho a decir que no, que el hecho de estar, presupone un sí. No aceptas que la soledad es tu mejor amiga. En el fondo, eres traicionera. No le eres leal a quien te es leal. Huyes de quien te protege y corres a los brazos de quien te ataca. Es como patear la cuna en la que naciste, pero sin el tul. ¿Es que te gusta ser atacada? Crees que sí. Pero no. No se trata de ti, no puede ser. Buscas, piensas. Te trasciende y no sabes a quién culpar, porque desde luego, eres tan tonta que crees que alguien externo a ti tiene la culpa de todo lo que te ocurre, y lo que no. Debe ser la mancha. Con toda seguridad. Eso es, qué cómodo, qué fácil, culpar a la mancha. No te hagas trampa, que no es novedoso. Como si no la hubieras culpado todos los días de tu vida. Olvidas las cosas con una facilidad tremenda. Enciendes la luz y vas al espejo. Tienes que hacer algo, no puedes soportarlo ni un día más. Crees que aún estás a tiempo. Pero al mirarte en el espejo, te das cuenta. Tenías la esperanza de encontrar algo diferente, pero qué va, la tremenda desilusión que te llevas. Lo que ves, es lo que hay, lo que ha habido desde siempre y lo que habrá mañana. No, no te agrada. A ti tampoco. No hay nada qué hacer, lo sabes bien, pero eres tan ilusa, que no pierdes la esperanza. Te miras detenidamente. Ahí está, esperándote, ella sí, leal. Afinas la mirada y ves la mancha, quisieras ver el espejo manchado y tu rostro sin mancha así como tú estás en tu casa, sin estar. Coges una toalla y tallas la superficie, con fuerza, la haces vibrar, oyes el ruido que provoca la fuerza, el espejo brilla pero la mancha no se va, qué va. Al contrario, se define, se pule. Se queda, es tuya. Es más nítida que tú. Espejo a donde vayas, espejo que te la muestra, que te la pone, espejo que te dice que hagas lo que hagas, la mancha es de tu propiedad, como si fuera tu obra, tu historia. ¿Porqué te gusta perder el tiempo? Aunque no te mires al espejo, tienes la mancha. Al cerrar los ojos, escuchas el dictamen, la mancha no sólo se ve, se oye, se siente, se lleva. Pecas de inocente. Sospechas que no es una mancha lo que ves en el espejo, que tal vez sea una ilusión óptica, como las que estás acostumbrada a tener, sin las visiones, pero la mancha vive en tu cara desde que te acuerdas, cada vez que te miras, te renace la esperanza que será benévola, que cumplirá tu más profundo anhelo, que te hará brillar, sin el brillo y desaparecerá, qué pena te das. A estas alturas, no sabes qué te disgusta más, si la mancha o tú.

No hay duda. Los pliegues de tu cuello son cada vez más numerosos, ya se tocan entre sí. Imaginas que fueran cristales enterrados en tu piel. Piensas en las numerosas colonias de hongos que habitan en cada uno de esos rincones. Están húmedos, pero secos. Miras tus arrugas, pero no, tú no tienes arrugas, estás arrugada, eres la arruga. No se puede llevar lo que se es. Las arrugas dignifican, purifican. Por cada arruga bien llevada, un dolor más que se ha sobrevivido. Y tienes tantas arrugas, que deberías sentirte muy digna, muy satisfecha y muy vivida, pero no, has vivido, sin vida. Tus arrugas son artificiales, están ahí por el paso del tiempo, no por la acumulación de vida. Tus arrugas son débiles, son incapaces de opacar la mancha, que termina por invadirlas. Te repites una y otra vez, eres la arruga. Levantas la cabeza y pasas una toalla humedecida con alcohol, quieres eliminar de un solo movimiento a todos los invasores de tu cuello, sin importarte los espacios vacíos que dejarás. Y pensar que alguna vez fuiste delgada, que alguna vez fuiste joven, que alguna vez te quisiste, pero te engañas, en realidad nunca te has querido, aunque hayas sido delgada, aunque hayas sido joven, aunque hayas sido recién nacida, aunque hayas nacido. Nunca has sido sujeto de tus propias consideraciones. ¿Te lo has preguntado? Te respondes que qué más da. No importa, te dices que son cursilerías, que es un cuestionamiento barato e inmediatista, que tú vas más a fondo, pero no sabes a fondo de qué. A veces piensas que vale la pena, haces un esfuerzo y logras convencerte que vas a cambiar, es cosa de resistir, te dices, y lo intentas, dos o tres veces, pero nada más; fácilmente te derrumbas, vuelves a estar en la misma situación en la que estás, mirándote, admitiendo que no te gustas, que te desagradas, que te gustaría ser harina de otro costal, que te gustaría ser la invitada y no la anfitriona de tu propia fiesta, que desgraciadamente, tienes la única vela de este entierro, la llevas en las manos. Es la vela que te alumbra el camino, a su alrededor todo te atañe, ¿no lo has notado? Quieres admitir que el terreno es el tuyo, pero aunque sí lo sea, no lo es. Quieres creer que no tienes esa mancha que has tenido desde siempre. Es mucho más fácil derrumbarse que levantarse, ya lo vas entendiendo. Empieza a ser un hábito. Pero para derrumbarse hay que estar arriba primero y es eso lo que no te gusta, lo que te da miedo.

La mancha del espejo es cada vez más grande. Crece. Te mueves, con la esperanza que la mancha permanezca quieta, pero no, esta vez tampoco lograste engañarte, la mancha se mueve contigo, te acompañará a donde vayas, será tu firma, tu estampa, tu rúbrica, te reconocerán por ella, te calificarán por ella, te clasificarán de acuerdo a ella, estarás en ghetto de los manchados, de los que tienen marca de nacimiento, de los que no pueden caminar libremente por la calle sin que los señalen por su mancha. La tocas. Sientes un relieve en tu piel. La mancha se trasciende a sí misma, es más que una mancha. ¿Cómo es que has podido convivir con ella durante tantos años? ¿Cómo es que nunca has hecho nada para que desaparezca? La respuesta la has tenido ahí, guardada, pero duele más la respuesta que la mancha en sí. No la puedes quitar porque es enorme, porque te contiene, toda, porque sin la mancha no quedaría nada, ni un solo reflejo de ti, serías menos que un espasmo, serías una interrupción, serías un mero accidente, de esos que se olvidan inmediatamente, no eres otra cosa sino la mancha de la mancha.

Te pones a pensar, tal vez la mancha se queja de ti, la mancha se atormenta cada vez que ella se mira al espejo y te ve, la mancha quiere deshacerse de ti, para estar sola, para poder ser una mancha digna, sin acompañamientos vergonzosos. Piensas que más te convendría aceptarla, pero aceptarla es aceptar todo lo demás, y entiendes que no tendrías nada qué hacer en este mundo. Pelear contra la mancha, todos los días, a todas horas, es lo que da esencia a tu lucha, a tu búsqueda, sabes que tienes que aprender a vivir con la mancha, si no lo haces, es renunciar a ti, a tus ideas, a tus sueños, a tu vida misma. La mancha crece, crece mucho y toca los bordes del espejo, la mancha es más grande que la superficie que la contiene, ¿cómo es que nadie nunca te dice algo? ¿Será que la mancha impone respeto, o miedo, o conmiseración? Te gusta sentir la culpa de ser señalada, disfrutas enormemente la compasión que tú misma te das, por la mancha o por ti, porque a veces te das cuenta que no eres más que la mancha que ves, que ocupa todo el espacio, que ocupa tu tiempo, tu energía. Intentas hablarle a la mancha y no te responde. Es una desgraciada. ¡Por piedad! ¿Cómo convivir con el enemigo incrustado en tu rostro como una lapa? Te sorprende que la mancha que te define, te niega la palabra. Te niega, toda. Quisieras hablar con ella, pedirle ayuda, integrarte a ella, pero la mancha se defiende, se proclama diferente a ti, independiente, ni la mancha confía en ti, la mancha se distingue sola, hace lo que tiene que hacer para que se note y no se confunda, para que cada vez que alguien te vea te señale y lo diga, la mujer de la mancha, la mancha en la mujer. ¿Y si la pintas? ¿Y si la quitas? ¿Qué quedaría en ti? ¿Otra mancha, aún más fea, aún menos tolerable, aún más drástica? Si al menos la mancha sonriera, te sería menos duro.

Ves una luz. ¿Y qué tal si no fueras tú? ¿Qué tal que tú no eres tú y sólo te estás impersonando, para saber lo que se siente ser tú, para saber lo que no se debe saber, para probar los sabores que nunca probarás? Eso es. Tú no eres tú. Sientes un alivio y te guiñas el ojo. Le guiñas el ojo a la mancha que está en ti pero que no eres tú. Sonríes y miras la mancha con tranquilidad. Ha desaparecido, porque ya no está en ti. Está, simplemente. Sientes lástima por esa tú que no eres tú. Apagas la luz. Quieres descansar y crees que mañana será otro día. Pero será diferente, porque a partir de mañana, ya no serás tú. Pobre de aquél espíritu que se quede en tu lugar, pues tendrá que esperar mucho tiempo para que busque a alguien y deje de ser tú para respirar tranquila. Y morirás, dentro de muchos años, sintiendo lástima por todos esos tús, que estarán formados en línea despidiéndose de ti, todos ellos llevando una mancha como la mancha que inevitablemente, día a día, minuto a minuto, te señala su existencia y te recuerda la tuya. Apagar la luz es la única manera de no verla. Sin luz, al menos la mancha no hace ruido y podrás dormir más tranquila. Que pases buena noche.

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